En tiempos del Festival
de Cine Pobre, Gibara es una ciudad bulliciosa y cultural, con música y
séptimo arte en cada esquina, donde la gente se mezcla salpicada de salitre.
Lejos de abril, retoma su esencia de pueblo costero tranquilo, lleno de
encantos que atan al visitante.
Mi primera vez allí fue en el año 2010 durante la gran
fiesta cinematográfica, volví ahora y aparecieron otros sentidos. La Villa
Blanca de los
Cangrejos me recibió con el mar revuelto y fuertes vientos, no pude bañarme
en la playa del Campismo ni apreciar los
faroles de los botes pescadores, cual estrellas en medio de la oscuridad.
Observé su viejo puente, el rio crecido, las parejas
refugiadas en el malecón, la estatua de Camilo Cienfuegos vigilante, distante
el campo eólico, la costa todavía devastada por el huracán Ike en el 2007 con
restos de pisos y bañeras.
Siempre una sorpresa, frente a mi hospedaje hallé a un amigo
que hace seis meses no veía, cómo podría ocurrir, se enamoró de una hermosa gibareña
y se mudó. Al subir al mirador Los Caneyes, descubrí al perro que canta las
canciones de Diango con profundo sentimiento junto a un grupo de hombres
alcoholizados.
María de las Mercedes
Rodríguez Puzo

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