La memoria me traiciona, intento recordar el día exacto y no puedo. Fue por estas fechas, hace dos años ya. Iba camino al periódico, pensando en el chico que había dejado durmiendo en mi sofá. Algo cambió esa mañana, no sentía el estrés tras una semana de trabajo ininterrumpido, ni veía las casas devastadas menos los árboles caídos. En mí solo estaba la magia de su presencia.
Reflexiono
sobre los encuentros que acontecen en Garzón, exactamente entre las calles
Pedrera y San Miguel, donde están los edificios de 18 plantas. Las personas no
solo esperan el ómnibus, la camioneta o el pici-corre que las trasladen, se topan
con amigos, vecinos y viejos conocidos, meditan, se alteran; discuten con los
de la cola si no aparece el último, les confiesan sus desgracias a algún
extraño. Un hombre se pega a una pared y orina bajo el cartel que indica SERÁ
MULTADO. Dos metros a la derecha los niños juegan a la pelota, y en el banco
de enfrente se besa una pareja.
Me
nace la duda, ¿qué había antes allí? Recurro a las Santiaguerías de Ramón Cisneros Jústiz, quien el 1ro de noviembre de 1981 publicó en el
periódico Sierra Maestra:
Cuando la avenida Garzón no era tal, sino la Entrada de El Caney, a
ambos lados se levantaban bohíos de cuje embarrado. Un día de los años del 10
al 20, el Ayuntamiento la bautizó avenida Victoriano Garzón en digno homenaje
al héroe nacido en la barriada. Por esos mismos años aparecieron tiendas de
víveres, carnicerías, panaderías.
Allá por los años de la Primera Guerra
Mundial, la transnacional refresquera Coca Cola instala su primera sucursal en
el mismo sitio (…) Si mal no recordamos hubo una pequeña talabartería con techo
de guano, propiedad de Jiménez Bastos. Al trasladarse la Coca Cola, el sitio fue
ocupado por una panadería propiedad de Soler –padre de nuestro novelista mayor
José Soler Puig- de cuyas manos pasó a otras hasta llegar al gallego Sinforiano
Cuesta, creador de las galleticas “cuerúas”. Con el tiempo esta panadería pasó a
la historia y se turnaron en el edificio una fábrica de mosaicos, luego un
hotelucho más tarde convertido en un edificio multifamiliar hasta su demolición
y ocupar todo el espacio un moderno servicentro de gasolina de un lado, en
tanto que el otro extremo era depósito de materiales de construcción (...)
Todo santiaguero, aunque lo sea solo de corazón, guarda una
historia, un recuerdo de este sitio, donde confluye la gente, ocurren milagros
o simplemente llega a tiempo la guagua.
María de las Mercedes Rodríguez Puzo
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