Volemos mañana, la frase tan corta me quitó el sueño la madrugada del sábado. Subí en picicorre al Puerto de Boniato, un mirador natural ubicado a las afueras de mi ciudad, con una elevación de casi 2 000 pies por encima del nivel del mar.
Unió las sillas y al Ready?1,2,3
nos elevamos. Bajo mis pies estaba Santiago de Cuba, hermosa; ante mis ojos, la
libertad, el horizonte. Cuatrocientos noventa y cinco metros sobre la tierra me
hicieron perder la noción del tiempo. En medio del cielo, el cuerpo extraño a
mis espaldas me inducía a bailar la canción del viento, fuerte, maravillosa.
Aquel hombre me hizo sentir segura, hablaba de sus viajes, me explicaba los
siguientes pasos como pidiendo mi autorización mientras me transmitía una
confianza enorme.
¿Quieres girar? Sí. Sam movió las cuerdas y la
mitad
derecha de la vela se plegó bruscamente, el peso de nuestros cuerpos cayó hacia
la derecha. Cogimos velocidad y empezamos a girar, rápido, desafiando la fuerza
centrífuga. Daba vueltas en el aire y sentía que mis pies eran la única parte
pesada de mi cuerpo. Acabábamos de hacer una barrena.
El
aterrizaje me atemorizó un poco, miré abajo y pensé que la tierra podría
tragarnos, -olvidé que andaba con un experto-. Sam cayó de pie, suave, y yo me
derretí en el suelo. Tenía unos deseos enormes de dormir, como si hubiese
liberado toneladas de endorfina. Los chicos se acercaron a preguntarme qué tal
mi primer vuelo. Habrá otros, fue mi respuesta.
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