Juan Pablo
II es una vieja imagen televisiva, el anciano vestido de blanco que aglutinó a
mucha gente en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo en 1998. Yo tenía
nueve años cuando el Mensajero de la
Verdad y la Esperanza marcó la historia de mi pueblo, aunque para mí solo
fue el dador de un día feriado. Tiempo después llegó Benedicto XVI, en el 2012
ya yo no era una niña, pero tampoco le presté mucha atención al Peregrino de la Caridad. Sin embargo,
algo diferente me ha pasado con la actual visita del Papa Francisco.