Tiene casi 30 años, aunque no lo aparenta
por su delgadez. Cuando llegué a su casa se pasó largo tiempo observándome,
entraba y salía, se columpiaba un rato en el balancín de hierro, ubicado en el
portal, volvía a la sala y me miraba. "Le agradas, si no ya se habría
encerrado en el cuarto. Ella no se fija en la ropa ni en la estatura, es como
si mirase la energía de las personas, algunas le asustan, otras le llaman la
atención", me explicó Alicia, su progenitora.